EL VALOR DE LA ALEGRÍA

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros” (EG 2). Añade después que “no hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría del Señor” (EG 3). Estas palabras del Papa nos invitan a una profunda reflexión personal: ¿Nos dejamos conquistar por la tristeza individualista? ¿Cómo recuperar la alegría de vivir?

Después muestra que la Biblia está llena de textos que hablan de alegría. Así, cita textos de profetas de Israel como IsaíasZacarías y Sofonías: “Quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: “Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo” (3,17) (EG 4). Pero, sobre todo, “el Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría”. Para demostrarlo, cita 14 textos que hablan de la alegría de Jesús, de María, de los discípulos, y acaba formulando esta pregunta: “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (EG 5).

Aquí Francisco da un aviso que ha llamado la atención de los medios de comunicación: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” (EG 6); pero “un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral” (EG 10). Él mismo reconoce “que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras” (EG 6), pero “poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” (EG 6). Y añade: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (EG 7).

El Papa no habla de una alegría superficial, sino que tiene una fuente profunda: “Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora” (EG 8). Y de ahí su invitación, apoyada en una frase que escribió el papa Pablo VI en la Evangelii nuntiandi (1975): “Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (EN 80)” (EG 10).

Un rasgo característico de la alegría es la novedad, opuesta a la rutina y el aburrimiento: “Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. Su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo… Él es siempre joven y fuente constante de novedad… Jesucristo puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina… Toda auténtica acción evangelizadora es siempre nueva” (EG 11).

Dice Francisco que saber que la iniciativa de la salvación es de Dios “nos permite conservar la alegría en medio de una tarea exigente y desafiante” (EG 12). Por eso es importante recordar las acciones salvadoras de Dios: “La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida… Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón… El creyente es fundamentalmente «memorioso»” (EG 13).

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